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Sheila bacila por un segundo, mi pregunta había dado en el blanco. Superado sus defensas, penetrado su coraza.

_ No es tan importante igual…

Dice, dando media vuelta y yendo hacia su camerino. Tendría unos treinta y largos, pero sin duda los llevaba bien. Algo me hizo seguirla mientras se escabullía en la oscuridad, atrás del escenario. El perfume del shampoo se había aprehendido en mis fosas nasales, una parte de mi se sentía como un buitre muy cerca de la carcaza de un animal muerto, mi psicología prendada por ese aroma penetrante, sintético, que se aferraba como un anzuelo.

Seguí en la oscuridad el sonido de sus pasos, crecientemente tímidos. No sabía que estaba allí, que la había seguido. Un haz de luz sepia, cruzaba prácticamente horizontal frente al camarin donde se detuvo. Continué acercándome pero cada vez con más lentitud, más sigilo. La toalla comenzó a deslizarse hacia el suelo, rodeando su cuerpo y descubriéndolo al fin. Ella frente al espejo, parada, desnuda, empezándo a sentir el frío de las gotas evaporandose sobre su espalda. Su mano se tomó un pecho y cerró los ojos con calma, abandonándose. El haz de luz sólo iluminaba su pecho, volviendo a la oscuridad, bajando hacia la cintura.

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La curiosidad me llevó a acercarme aún más, sentí la vibración, se tocaba, sentí que era mi momento y avancé sigiloso de nuevo, sus ojos seguían cerrados, estaba cerca para escuchar su respiración agitada, permití que se diera cuenta que estaba allí cuando ya el placer era el suficiente y yo estuviera tan cerca que me permitiera tocarla. Sintió el calor de mi pecho radiando sobre su espalda, mi mano sobre su mano sobre su pecho, mi respiración en su cuello, mi segunda mano al bajar por su brazo para alojarse al calor de su cuerpo, y mi erección presionando su zona lumbar.