Aquello…

Lo nuestro fue un arrebato.
Amor virulento y bilateral.
Desesperado.
Se coló en mi vida por la puerta de atrás.
Sin que mediara una cita previa, alguien que nos presentara, se deslizó con secreto felino bajo el edredón de mi cama. Me sedujo su descaro y me desarmó el calor de su piel. Se pegó a mi espalda y ahí permaneció inmóvil toda la noche. No necesitó decirme nada para que entendiera que sería mejor si yo también me quedaba quieta.
Nunca antes me había sucedido nada parecido. Hasta ese momento había encontrado prevención en el lenguaje corporal, una tensión muscular que provocaba incluso breves escalofríos en la pupila dilatada. Por mi parte había también un cierto recelo, quizás sería mejor hablar de sensatez: demasiados arañazos como para desvestirme sin más. Pero cuando apareció, ambos coincidimos en una reciprocidad de ausencias. Y ambos nos adivinamos en los silencios, atestados de abandonos, que sólo rompía el ronroneo de una caricia.
Me tocó pues, creerme la necesidad que revelaba de mí como un dogma de fe. Le cuidé, le mimé, le acaricié, le consentí, le regalé, le adulé, le cociné incluso y le amé hasta que se hizo el dueño de mi sofá, de mi cama, de mi televisor y de mi mirada rendida.
Lo suyo fue una cabronada. Dolor prescindible y unilateral. Cobarde. Se escapó de mi casa por la puerta de atrás pero esta vez con el sigilo de una rata. Le busqué aun a sabiendas de que no se llevaba con él ni un solo recuerdo. También es verdad que no puse carteles con su foto y un “se gratificará” porque siempre he querido que quien esté conmigo se sienta por igual libre de quedarse que de marcharse.
Maldita sea. Y así, sin explicaciones, sin una despedida, me encontré otra vez durmiendo en una cama de ausencias que eran sólo mías y abrazada a una almohada rellena de olvido que él nunca necesitó.
Ventajas de la memoria a corto plazo.
O eso creemos. Porque hoy ha vuelto. 365 días para hacerse un ovillo en la memoria de otras; 365 días para infiltrarse en otros corazones y una mañana para demostrarme que me agarré a su memoria o quizás a su olfato con sorprendente resistencia. Y aquí está, poniendo distancia entre el teclado y la pantalla, ronroneando y con los ojos de miel acechando tras los párpados cerrados, oportunidad que aprovecho para escribir antes de que los abra y decida que es el momento de golpearme las manos con el hocico porque es la hora de su cepillado.


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